10 de noviembre de 2010

Cul-de-sac


Esa puerta no se abre sola, es necesario que actives el mecanismo del pomo para entrar en la habitación… donde una atmósfera, suspendida sobre tu cabeza, donde el aire no llega a tu boca y te hace boquear como un pez fuera del agua durante demasiado tiempo.


Debes resistir, lo suficiente para que tu determinación inicial no flaquee, para que te deshagas de lo que has venido a tirar.


Es desesperación. Es ese pálpito doloroso en la sien, inexplicable y aterrador, como el interruptor que da pie a esa locura agónica; a esa ristra de recuerdos traducidos a imágenes insonoras, momentos que creías indescriptibles reducidos a eso: algo tangible y perecedero.


Cuando te liberas de esos recuerdos, estos caen hacia la gravedad infinita del olvido, donde nadie los acoge ni nadie se molesta en recordarlos.


Este es el único sitio donde uno puede quebrar promesas, donde uno hunde barcos de tripulación demasiado debilitada como para afrontar otra guerra, es donde uno olvida.


Es algo que no lleva a nada, algo que en cualquier otra condición sería inútil, pero en esta habitación, la finalidad viene a ser algo más práctica, pues precisamente algo que no lleva a nada, termina.


El es el final de un camino sin salida, en el fondo de un saco que no ha visto la luz.



8 de noviembre de 2010

Cómplices



Eh, tú, el que mira por la ventanilla. Sí tú, el del asiento de atrás. ¿Has decidido dónde vamos?


Llámame recalcitrante, pero digas lo que digas hoy mando yo.


Entonces creo que es el momento de dar el volantazo.


Una sonrisa se dibujó en la oscuridad de la parte trasera del vehículo. No estaban al mismo nivel, desde luego, pero cada uno sabía asumir su rol sumisamente; el primero sumiso al segundo, claro.


Hacía tiempo que no veníamos por aquí –comentó con un mohín de desgana en la cara que pasó inadvertido.


Hacía tiempo que no necesitábamos venir por aquí.


Necesitábamos, cierto. Quizás fuera demasiado grosero hablar de sumisión… Era más bien, una relación de complicidad, con necesidades diferentes pero con una meta conjunta.


Me he cansado, ¿lo sabes no?


Obvio –respondió el conductor.


Habían cambiado de coche y la tapicería era nueva, aún rezumaba ese aroma a cuero sintético y ambientador barato. Con la mano derecha enguantada, deslizó sus dedos por la parte del asiento trasero que quedaba vacía y luego se miró los dedos, como si esperara encontrar polvo. Los frotó entre sí y dijo:


No sé si te lo he dicho, pero me encanta esta tapicería.


Ya lo creo, tú mismo la elegiste.


Creo que no me apetece ensuciarla… con entretenimientos vulgares.


Una risa apagada sonó desde delante. Tras unos minutos de silencio un dedo fugitivo se dirigió hasta la radio híbrida con disquetera. Un purista, sigue escuchando casetes. Sintonizó aleatoriamente una frecuencia y sonó una canción que debería ser conocida en esos días que corrían. No era de su gusto, pero tampoco era molesto navegar en un contexto social dinámico cuando sobre aquellas cuatro ruedas todo era estable desde hacía tanto tiempo.


7 de noviembre de 2010

Carisma



Dicen que estar solo te hace pensar más de la cuenta, reflexionar retorciendo el cable hasta que los estribos amenazan con soltarse de forma violenta e imparable. Eso dicen.


Tengo el privilegio de vivir relativamente cerca de lugares recónditos y solitarios más allá de las cuatro paredes que acostumbran a servir de vivienda. Si bien suelo ir a esos lugares, he descubierto que lo recóndito rebasa más en el cuándo que en el dónde, aunque cada día que pasa comienzo a sentir más y más frío mi banco de piedra.


Realmente hoy no tenía intención de escribir –no al menos algo que compartir-, pero he visto algo que me ha fascinado, aunque puedo atribuir esa fascinación a mil hipótesis alternativas.


El río hoy estaba tranquilo. Ya era hora de que las libélulas, zumbantes y gráciles como una obra de arte volante, dejaran de sobrevolar una superficie cada vez más fría. Sin embrago hoy es tiempo de que las hojas lluevan y naveguen hasta naufragar en un lugar incierto donde el romanticismo se confunde con los finales cruentos.


Como un tapiz de oro fundido, fruto de la dehiscencia del otoño incipiente, masas informes de hojas se desplazan por su particular Venecia. No obstante, prefiero ver un poco más allá…


Ha habido un momento de brisa, de brisa intensa y helada, de esa que da escalofríos. Como si hubiera sido conjurada, una bandada amarilla ha descendido en frenético movimiento, retorciéndose en complicados bailes aéreos. Una a una han ido chocando contra la masa acuosa de forma que las ondas concéntricas que producían se entremezclaban con confusión.


Tras esto, calma. Como si todo se detuviera unos segundos, las hojas del río se reagrupaban en plataforma flotante y asimétrica. Y entonces, una hoja solitaria se ha visto con la necesidad de arrojarse, viento o no de por medio, hacia su destino. Su paso ha sido lento, sus piruetas, acompasadas, han llevado un ritmo delicado y sutil, como si se hiciera de rogar en aquella caída inevitable y perezosa.


Infinitamente tranquila.


El agua no la iba a acoger. Cuando yo esperaba unos nuevos círculos concéntricos, ha ido a parar sobre un grupo de compañeras. Ha sido… gracioso, como si se jactaran de mí.


Sé que esa hoja tendrá el mismo destino que las demás, y que quizás sea irrelevante escribir o pensar sobre ese pedazo de fibra muerta, pero qué diablos, tiene estilo.


2 de noviembre de 2010

Congratulations


Este premio se lo merecen muchos, pero ante la incapacidad de decisión, te lo entrego a ti, querido guisante.



Para que digan que este blog no da premios bonitos.


1 de noviembre de 2010

Sobre la [C]ostumbre


Y sobre lo explícito, porque esta vez hablaré directamente sobre mí, ya que supuestamente me doy aires de superioridad y miro por encima del hombro al mundo que me rodea (inner: vulgares). ¿Eso es tener ego, no?


Pero os diré… soy algo mejor que eso.



A pesar de que tengo un componente emocional importante, con la inestabilidad que ello supone, también tengo una vocación científica innegable.


¿A dónde voy a parar? Bien, soy alguien dado a la observación (y a la disección), pero no esa que se hace sentado desde un parque dando de comer a las palomas. Me gusta ir con prismáticos y libreta, y mis objetivos sois vosotros, algo más salvajes que esas colombiformes.


Primero, plantearé una hipótesis, la cual no compartiré en esta ocasión. Y ahora, el experimento para corroborar dicha hipótesis: ya vendrán las estadísticas después.


Elegir el método es importante; cada pestañeo, como si contara los escleritos de un cerambícido, será tomado en cuenta. Cada palabra que vuestro intelecto os permita articular, y claro está, cada acción en la que directa o indirectamente esté implicado yo de forma parcial o bien total.


Vosotros no sois mi problema, más bien yo soy vuestro problema, y por el bien del mundo quiero contribuir a solucionarlo. Aunque no os lo merezcáis.


Ya que no sé qué hago mal, quizás recabando información sobre los gilipollas afectados pueda llegar a una conclusión más acertada que la que ya tengo actualmente, la cual es que NO TENÉIS NI PUTA IDEA ni de quién soy, ni de cómo soy.


Si bien me aferro a la ferviente idea de que no voy a darme a conocer tan fácilmente, tampoco os he puesto excesivas trabas hasta ahora. No nos queda otra que buscar otra solución a esa, y me temo que no será algo que os guste de llegar al caso de que os percatéis.


Por mi parte, intentaré dar clases de fingir y sonreír a mierdas con ojos y que hablan (¡milagro!).


Lo siento, soy un hombre de costumbres. Va con cariño.


31 de octubre de 2010

Indeseables

Porque me encantaría que estuviera bien visto poder abrir la cabeza a la gente para colocar velitas dentro. Al menos, serían de utilidad para algo (no las velas, sino las cabezas).



19 de octubre de 2010

Iniquidad

Trémula, sabe que sus heridas no van a sanar. Se arrincona, como si el contacto de su espalda contra dos paredes fuera una infalible protección sin comprender que el techo se ha caído ya...


Sus movimientos no son fluidos, más bien es como si su caminar fuera una película con demasiados fotogramas eliminados, fotos superpuestas a destiempo en un continuo devenir, demasiado doloroso con esas heridas lacerantes que supuran un pus merecido.


Ahora, si se levanta, tendrá que caminar descalza sobre un suelo lleno de cristales, afilados y ansiosos por descarnarla. Al fin y al cabo, ella misma fue quien se dedicó a romper la vajilla en un arrebato injustificado.


La iniquidad se paga con sangre, querida.