5 de julio de 2011

New record

Hoy, definitivamente mataría a alguien. Y haría falta la sangre de más de un cadáver para satisfacerme.

22 de junio de 2011

Notas de un muerto


Ese gran libro que se cerró violentamente en la mesa provocó que diversas notas, desperdigadas, se enrolaran en un vuelo indeterminado que apenas duró unos segundos.


Y el suelo lleno de polvo las acogió; y allí quedaron, a modo de puzle incompleto que una mente demasiado cansada no pudo volver a ordenar. Hasta ahora.


Los funerales siempre han sido ajetreados, aunque se le quiera proporcionar paz al difunto.


El color de la luz que se filtraba por esa sencilla ventana de cristal antiguo no había cambiado. El sol seguía siendo el mismo. Aquello aportaba serenidad y cierta consistencia a los hechos.


Era tiempo de levantar el polvo y ordenar aquellos pedazos de papel. Aunque probablemente, muchos de los pensamientos que se escribieron entonces, no tuvieran sentido alguno.


Las personas mueren, es otro hecho. No obstante, lo que la gente no acostumbra a admitir es que uno muere varias veces durante su vida. Esas muertes no son ni menos ni más importantes que la última de ellas. Esas muertes se limitan a ser eso: muertes.


Y la muerte trae cambios, cambios que no siempre significan ruptura, sino recomenzar desde donde todo quedó una vez. Siempre recordando que uno ha tenido que morir para llegar a esto.


Todo lo que se dejó escrito, tenía su propósito.


19 de junio de 2011

Contraindicaciones


No hay metáforas para las contraindicaciones, así que seré conciso: tampoco hay opción para el error.

Quebrar esa promesa, habría llegado a ser demasiado contraproducente…



2 de junio de 2011

Titulares de tinta alegre


Impertérrito, dejaba volar su imaginación aunque una retahíla de palabras le perforaba el tímpano de forma ininterrumpida. ¿Qué significaba todo aquello? No lo sabía, pero era su casa, y en su casa habitaba lo impredecible.


Cierto era que esa condición que le había atado a aquellos muros había desaparecido hacía tiempo, pero no había sido capaz de romper las cuerdas de su pasado tanto como le habría gustado. Con solvencia, podría vivir cómodamente en un piso céntrico, cerca de su trabajo, donde pudiera comer lo que quisiera y refugiarse en un silencio que no habitaba en su actual hogar; pero definitivamente eso habría podido con él.


Así que sencillamente puso cara de circunstancias y divagó mientras terminaba la perorata.


No, no había hecho nada, quizás dejar algún calcetín fuera del cesto de la ropa sucia, ¿pero qué importancia podía tener aquello? Aquellos gritos venían desde un alma atormentada, atormentada recientemente por la muerte de un ser querido, de uno de sus hermanos pequeños.


Cualquiera podría haber dicho: uno más, uno menos... un cualquiera de tantos, pero el valor de un familiar, sea lo grande que sea la familia, es un valor intrínseco de cada escudo y apellido que no podrá cotizarse en un mercado estándar.


Nunca te han roto la cara, ¿verdad?, era la frase con la que su madre acababa la conversación, arrastrando consigo la existente o inexistente razón, clave del triunfo una discusión que ha sido discurso.


Con el pertinente portazo dio por concluida la lección y le dejó solo, aunque poco tardó la puerta en volver a abrirse para que dos renacuajos, riendo y corriendo, se lanzaran a muerte a por un juguete instantes antes abandonado por un tercero. Aunque había sido como ellos, no los comprendía, y relegaba esas cuestiones de aquiescencia a entidades superiores. ¿Dios? No...


Se dio la vuelta en su silla y volvió a sumergirse en aquel periódico donde parecía que sólo había espacio para calamidades y tonterías, aunque a estas últimas podemos etiquetarlas igualmente de calamidades para nuestra sociedad. Estaba harto de los periódicos, no sabía por qué los seguía leyendo si tenía una tan mala opinión de ellos.


Relegó sus pensamientos al vacío y paseó sus ojos por los titulares de forma automática, eludiendo el alboroto que armaban unos lloros abajo. De pronto, sus ojos se pararon y su mente volvió a funcionar: había leído algo interesante. Algo interesante, en un periódico...


Sonrió explícitamente, solo, y aunque cualquiera pudo haberse sentido idiota, él no desdibujó esa sonrisa cuando bajó a la cocina a por unas tijeras. La mirada airosa de su progenitora le dejó a entender que seguía herida por esa discusión. Como si realmente le afectara...


Tijeras en mano, volvió a su cuarto y se encontró con que el periódico no estaba. Nunca le había importado, pero aquella vez... Cuando quiso darse cuenta, la mitad de sus hermanos llevaba gorritos de papel de periódico mientras jugaban a una épica odisea sobre la mesa del salón, al lado de un montón de papeles destrozados que habían sido el periódico de la mañana.


Dejó las tijeras en un estante alto, lejos de aquellos diablos y echando una última mirada al espejo de la entrada salió por la puerta, contando tres o cuatro monedas sobre la palma abierta de su mano.


Se dirigió sin rodeos al quiosco y compró otro ejemplar del mismo periódico, que pagó con prisas y abrió aún con mayor ansiedad, como si ese ejemplar de la edición no fuera a esconder el mismo contenido que el resto, pero ahí estaba, sí...


Volvía a leerla, y aquella sensación era tan cálida e íntima que no pudo evitar abrazarse a sí mismo, allí, entre el gentío tan poco empático de una metrópolis muerta a la ética.


29 de mayo de 2011

Esclavo


¿De qué eres esclavo, tú, que rubricas libertad?


Tu boca se ha convertido en un nido de huevos de mosca, que eclosionan poco a poco mezclando esas palabras vacuas con un zumbido intenso, de alas pútridas que se recrean en tu decadencia.


Tú y solo tú has creado esas cadenas de tu condición, cadenas de metal invisible forjadas en el yunque del pasado, que ha sido brutalmente golpeado por el martillo del tiempo funesto que cuentas grano a grano de arena.


Te puedes mover, lo sé. Y parece que no tienes limitaciones, pero finalmente avanzarás hasta ese punto en el que tus cadenas llegan a su fin y te devuelven, de un fuerte tirón, a las argollas dónde están sujetas.


Pero aún así, no sabría decirte de qué eres esclavo.


Muchos nacen y mueren siendo esclavos de algo que no comprenden, pero el peso de sus cadenas es más ligero. ¿Ignorancia? No lo creo… Las cadenas no se crean con la ignorancia, así que quizás sea una tácita necesidad.


De nuevo la necesidad, siempre la necesidad… ¿Quién puede necesitar la esclavitud?





Yo soy esclavo del silencio y la no comunicación. Y no diré nada más.


16 de mayo de 2011

Fútil


Fútil o no fútil, por poco que valga quiero pensar que tiene un valor, que tengo un valor. Y en ese cénit de abatimiento, se abra un claro de luna en la noche de mis pesares.


Que brille, poco o mucho, como el oro que todos ocultamos en nuestro interior. Encerrado a la mirada para que la codicia y la perfidia no lo conviertan en alquitrán.


Busqué tesoros, y los encontré; muchos tesoros de un valor incalculable. Pero aunque he paseado esas monedas entre mis manos muchas veces, nunca me he guardado ninguna en los bolsillos. Nunca ha sido necesario, porque los tesoros con oro de verdad no se desvanecen.


Y mis monedas también tintinearon, hasta el punto que llegué a creer que ese sonido desaparecería conforme las iba perdiendo. Las esperé de vuelta, pero aunque fueran de cobre, nunca regresaron.


He cerrado el libro de las oportunidades para aquellos que me habéis convertido en fútil.


15 de mayo de 2011

Días que no son días


Hola, amables desconocidos.


Ella probablemente habría dicho algo así, pero se limitó a seguir la cruel doctrina pública de no hablar con los desconocidos en el metro. Cabeza hacia adelante y rodillas juntas, con las manos delicadamente entrelazadas en el regazo.


Estaba hecha toda una señorita, tan solo que había nacido en el siglo equivocado. No miraba con asco a los demás, era más bien una consciente y premeditada indiferencia.


¿Quién le decía a ella que entre aquella panda no había algún violador, o algún maltratador? Prefería pensar que no, pero aunque no veamos la luna durante el día, sabemos que ahí sigue, rondándonos.


Nada en sus gestos delataba su alteración, pero había pasado toda aquella noche llorando. Otra noche más… Desde que había roto su tácita promesa se deshacía como una bola de nieve al sol cada vez que los recuerdos se ensañaban con mostrarle imágenes de un tiempo que era mejor esconder.


Aquella evolución transitoria estaba acabando con ella, necesitaba pasar de los juegos de azar a los de lógica, puras matemáticas irrevocables. Comenzaba a dudar de los resultados obtenidos con aquel cambio, y fundamentalmente la causa sobre la que se sustentaba todo aquello.


¿Debería volver a verle? Era inútil y lo sabía. Aunque le escupiera a la cara no obtendría respuestas.


Para cuando quiso darse cuenta, había llegado a su estación. Parsimoniosamente se levantó y fue hasta la puerta, que estaba abierta. Cuando salió del metro se sintió desorientada. Nunca había estado allí antes, y si iba era por la excelente recomendación sobre una pequeña cafetería.


¿Qué le había movido a ello?


Se trataba de una cafetería de mesas individuales. Frío, sí, pero le gustaba aquello. Aquella sensación de independencia, llevada a culmen en un lugar público, en un local donde se vendía una mercancía.


Estaba cerca de allí, se dijo mientras revolvía en su bolsillo buscando un arrugado papel con el nombre de la calle, que pronto localizó en un poste cercano.


Supo que había llegado a su destino cuando se encontró frente a un enorme cristal panorámico que robaba cualquier tipo de intimidad, mostrando su interior tal cual era. La luz, pálida, se filtraba iluminando a las pocas mesas ocupadas, efectivamente, por una sola persona en cada caso.


Sonrió para sus adentros antes de empujar la aparentemente frágil puerta de madera con ventana de cristal. Un delicado tintineo anunció su llegada, como si fuera una persona importante. Un par de miradas se desviaron hacia ella, pero pronto volvieron a sus solitarios quehaceres.


Discretamente se dirigió hacia la mesa más alejada de la ventana y se sentó repiqueteando con los dedos sobre la mesa mientras se deshacía en un sinfín de pensamientos, la mayoría positivos, sobre aquel lugar.


¿Qué tomará?, le dijo una voz a su lado.


– Aún no me he decidido…


Paseaba los ojos por la discreta carta de cafés mientras se recreaba en su indecisión. Cuando alzó la mirada se vio a ella misma en el reflejo del gran ventanal, y fue cuando se dio cuenta de que aquellos días, de luz tenue y viento cortante, no eran días.