
Aunque breve, no en ello hay menos verdad. No hay buena obra que no tenga su castigo.

Frágil, tan frágil como una flor que ha sido introducida en nitrógeno líquido y que se derrumbará ante el primer soplido. Y aunque hablan de castillos de naipes, soy más resistente que eso. Mucho más.
Pero las grietas se abren, y lo que se esconde detrás sólo refleja una realidad oculta, el motivo de por qué se inventaron las máscaras. Unas máscaras de cera que se derriten cuando hace calor, y se quiebran cuando bajan las temperaturas.
Este frío, este infierno frío, ha sido capaz de convertir en añicos una máscara que la masilla no ha podido reparar tras tanto tiempo, y los ojos que escondían las delgadas ranuras han dado el espectáculo que nadie esperaba. El que escrutaba podía sentir curiosidad, una lasciva curiosidad ufana por saber lo que no le importa, y eso le ha acarreado sus consecuencias. No se ha encontrado un rostro deformado, o una cicatriz de mal aspecto cruzando de parte a parte la frente. No. Simplemente han encontrado algo que no querían –o al menos, esperaban- encontrar.
Yo lo llamo resentimiento. Y es que como su propio nombre indica, se trata de un sentimiento que lo es como tal por propia definición.
Sí, sentimientos. ¿Tan desalmado me creíais?
La nueva máscara, esa que me pondré mañana después de lavarme una cara que sólo entiende de un enfrentamiento con la almohada, ya está enfriándose encima de la encimera: moldeada con una expresión agradable, con una sonrisa y las cejas altas.
Pero no os engañéis, en esa maceración sigue estando mi ingrediente secreto. Ese ingrediente que hace mía la máscara, ese ingrediente que me hace malvivir.
Pero al menos, es una forma de vida. ¿Y quién es la evolución para recriminarme nada?

¿Quién dijo que los monstruos no existen? Si miramos a izquierda y derecha entre una multitud probablemente nos topemos con muchos monstruos de identidad confusa, porque no es necesario ser de otra raza para ser un monstruo.
Los monstruos siempre nos han dado miedo, y aunque en parte pueda sonar inexplicable, esta base goza de argumentos más que sólidos. Todos nos hemos mirado alguna vez al espejo, y aquello que parecía un destello en la mirada, una arruga en el pómulo o un leve palpitar en la frente nos ha asustado. Y somos sensatos al tenerle miedo, al tenernos miedo, porque solo nosotros mismos somos conscientes de nuestras capacidades cuando afloran los síntomas.
No me toméis por loco, ni pretendáis ignorar a esa sensación que os ha recorrido la columna vertebral llamándoos a la alerta. Si no queréis aceptarlo es que no os aceptáis a vosotros mismos, porque en todos nosotros hay algo de monstruos.
Es por eso que me atrevería a decir que los monstruos, en sí mismos, no existen. Son parte de esa sintomatología inherente en la razón que nos hace cometer acciones que van en contra de lo no-monstruoso, así de simple.
Sí, podéis reír ahora, pero si no me habéis entendido es porque aún no habéis decidido entender que la negación de la existencia de los monstruos viene dada a que nos hemos acostumbrado a vivir con ellos en demasía.
No pondré a todos los monstruos al mismo nivel, claro está. Están los monstruos y los monstruos. Y sólo estos últimos gozan realmente del título de monstruos. Son aquellos que no sienten nada, ni para bien, ni para mal. Aquellos que cuando tienen un pedazo de carne entre sus manos lo estrujan hasta que los fluidos se escurren entre los dedos hasta formar un charco en el suelo, y son conscientes que no saben por qué lo han hecho ya que simplemente se han limitado a seguir sus instintos.
Instintos, sí… Ahí reside el auténtico peligro. Los instintos no se pueden frenar: son irracionales. No todos los tienen, pero se pueden adquirir aunque no haya mercados ni tutoriales para ello.
¿Entendéis ahora ese miedo?
La respuesta es sencilla: los monstruos, los auténticos monstruos, son creados por otros monstruos, y en nosotros reside el miedo de encontrarnos con un maestro más pronto o más tarde…
Cuidaos de los monstruos, cuidaos de vosotros mismos. Os sorprendería cuánto miedo os podéis causar con una mirada lanzada desde vuestra propia pupila.
Te esquivo, por decirlo de algún modo. Y aunque he llamado así a esta entrada, aún no las tengo todas conmigo.
Hace tiempo que no escribo aquí, pero en mi mente ese incesante desfile nunca ha acabado. Tan solo que las carrozas de esta vez tenían mensajes íntimos, irrelevantes o sencillamente inexplicables.
Pasando atrás algunas páginas me di cuenta de que al final de mi día había dolor, retraimiento, frustración y en muchas ocasiones arrepentimiento. También rencor, ira y una irrefrenable sed de venganza. Pero ahora algo se ha quebrado en mí, volviendo a este lugar. No digo que haya cambiado, en mí cambiar es algo más difícil que eso. Probablemente seguiré odiando y ahogándome en la inmensidad de lo salvaje del alma, pero quería dejar algo claro, y es que no me he ido.
Definitivamente no.
Os confiaré un secreto, y es que renuncié al control. No os riáis de mí, porque fue duro, eso de renunciar al control sobre todo. Al control de la situación, del momento, de las cosas, y no os voy a mentir, también al control de las personas. No es que fuera manipulador, pero existen momentos en los que esa necesidad se apodera de ti irrefrenablemente, y el control, como necesidad superior, es la única vía de asegurar un destino, un propósito. Quizás fuera superior a mí y no estuviera hecho para ello, pero me he dado cuenta de que si no he escrito aquí prácticamente en tres meses, ha sido por este improvisado entrenamiento.
En una tormenta, todas las hojas no permanecen en el árbol. Y cuando esta acaba, es complicado recogerlas todas, porque después de los estragos, seguirán poblando tu patio, cayendo poco a poco… Sí, puede ser algo obvio, pero no lo era tanto para mí: no se puede controlar todo. Pero gracias a Dios, me he dado cuenta a tiempo.
Te esquivo, control, te esquivo… Quién me ha visto y quién me ve, pero evitarte me ha ayudado, me ayudado a comprender que ni siquiera tú eres mi vicio.
Como un agujero negro voraz, sin preámbulos ni propósitos, que se limitaba a absorber poco a poco cuanto encontraba. Así era su mente, hasta que se encontró a sí misma y no supo qué hacer: si tragar, o escupir.
Estamos diseñados –bien por mano evolutiva, bien por mano divina-, para conocer nuestro entorno: juzgarlo, abrazarlo, hacerlo nuestro, comprenderlo e incluso destruirlo. Pero, y digo pero, ¿qué nos prepara para entendernos a nosotros mismos?
Esa increíblemente compleja sinapsis parece ser ya no era tan perfecta como se creía. No, y en esa carencia de autoentendimiento radicaba la mayor imperfección del hombre, aquella imperfección que hacía que el humano fuera humano.
No le agradaba. ¿Cómo iba a ser agradable hacerse preguntas que no sabría contestar? ¿Desde cuándo la inopia en uno mismo había llegado a ser tan molesto?
Los pulsantes latidos, entremezclados con la algarabía de unos auriculares baratos eran la mezcolanza perfecta para rebatir el caos que embadurnaba las paredes de aquel cerebro febril: febril de indecisión. Pum, pum, pum… y una maravillosa melodía volátil. ¿De verdad era eso lo que estaba haciendo? ¿Huir?
¡Ja!, se habría dicho en épocas mejores. Esa no eres tú, ilusa, tú no eres de las que corren. Pero quién te ha visto y quién te ve…
Aquel sofoco podía con ella, y un sudor frío la empapaba, haciendo que la camiseta se tersara por toda su curvilínea espalda. Rubor, sentía rubor en las mejillas, y no por vergüenza ni descaro, simplemente era un escozor por el sobreesfuerzo: daba más de lo que podía.
Uf, uf… La entropía… la tendencia al desorden y el caos… Tendencia natural, ¿sabéis? ¿Pero por qué no se entendía? Ni una palabra, ni un color… tan siquiera una mísera definición. Ella no era ella bajo ningún juicio que emitiera su boca. ¿Por qué necesitaba de los demás para ser? Al final iba a ser cierto eso de que sólo el fin es mismo por sí mismo, y que en el fin se encuentra la soledad plena de identidad.
Identidad… ¿también caótica? Y en conclusión todo era lo mismo: preguntas y más preguntas. ¿Acaso aquello no era caos? Y lo veis, más preguntas.
De pronto, la música se interrumpió y sus propios pasos ligeros sobre la gravilla del parque la asustaron. Se escuchó a sí misma, algo que había evitado.
No, en aquella ocasión tampoco se comprendió, pero supo que no era caos cuando comenzó la siguiente canción, y sus pasos volvieron a desaparecer bajo esa máscara que todos vestimos: el disfraz de nosotros mismos, una piel en la que uno mismo nunca gusta de verse, pero es incapaz de abandonar.
La piel que habitamos, construida con fragmentos de historias que otros cuentan, porque no somos capaces de contar nuestra propia historia…

Reticencia, quizás desconsiderada, ante aquello y lo otro, términos que nunca se habían llegado a definir ni acotar. ¿Para qué definir lo indefinido?
Ni para bien, ni para mal. ¿Qué esperaba? Su voz no podía ser la misma: nunca había gritado, y hacerlo había hecho que se quebrara en un amasijo de cristales punzantes sin forma ni color. Y aunque hubiera sido predecible, que no lo era, ¿de qué habría servido?
Inamovible, se aferraba a aquella columna de hormigón, contemplando el inexorable vacío que terminaba en el asfalto. La abrazaba con sus brazos desnudos, y las pequeñas y ásperas imperfecciones se clavaban en su piel.
Contemplaba bajo sus pies aquella extensión de incertidumbre, salpicada de un juego de sombras y luces.
Si bien no era la primera vez que había llegado a acabar en ese lugar, era la primera vez que le costaba tanto dar ese paso hacia atrás, y tras dar el paso, dibujar su sonrisa sempiterna para luego coger el coche y llegar a casa. Su nueva casa.
No tenía tendencias suicidas, era más bien un ritual: un ritual de vida. Sentir de cerca la fragilidad que nos envuelve, vibrante y estremecedora, dar un paseo por el segundo giro del séptimo foso del infierno… Era complicado de explicar, como una bocanada de aire después de una inmersión.
Aunque bien podía malinterpretarse aquella actitud en él, un chico tan jovial y agradable que tenía una buena palabra para todos, guardaba en un oscuro rincón de su alma un pedazo de tarta podrida, una porción que no había podido comerse cuando el pastel había salido del horno y ahora se llenaba de moscas, pasada.
Dar el paso y tirarla significaba también dar otro paso, por eso se limitaba a espantar a esos múscidos lascivos de tanto en tanto. Demostrándose que no era perfecto, y que por eso merecía vivir.
La vida no es perfecta, sí. Todo aquello que es perfecto acostumbra a estar inanimado: al fin y al cabo un silencio perfecto solo lo emite un muerto, una vez ha pasado su periodo de flatulencias, claro está.
Volvió a acariciar la columna, y asintió en silencio a esa entidad que lo entiende todo pero nunca nos dice nada con palabras: el subconsciente. Su talón tocó el suelo, y poco a poco retrocedió, hacia el camino que le devolví al seno de la realidad que vivía, la realidad a la que pertenecía pero que no había elegido.
Porque lo que hay detrás de las sonrisas es que cuestión que queda relegada a aquellos que han cruzado el umbral. Aquellos que han dejado de herirse a ellos mismos.