18 de abril de 2012
La chica de la maleta púrpura
12 de abril de 2012
De nuevo, pendiente abajo
11 de abril de 2012
Una biblia
Me he dado cuenta de que el olor del miedo resulta dulce para el ignorante; y tan dulce resulta el olor que no solo no les disgusta, sino que lo buscan.
No es ninguna proeza este descubrimiento, lo sé, pero cuando hueles determinados tipos de miedo en el ambiente resulta, cuando menos, curioso y desesperanzador. Yo he olido el miedo a conocerse a uno mismo, el miedo al miedo, y ese es ya otro cantar.
Para contaros algo, esta vez sin metáforas, os contaré una historia.
Si pudierais llevar un libro, un único libro, a una isla desierta de la que no sabéis si saldréis alguna vez, ¿qué libro sería? Queridos lectores, yo escogí la Biblia. Creo que sobra decir el por qué, más allá de las presentes razones y maneras religiosas (o bien la ausencia de las mismas). ¿Acaso no tiene cada libro su por qué, su ética y su propia religión? ¿Quién no crearía una religión tolkieniana? ¿O el movimiento J. K. Rowling no es una secta en sí mismo? Vamos, seamos realistas. Cada texto mantiene su propia esencia y está en nuestra mano adorarla o no, haya o no haya una Iglesia que la ensalce detrás.
El valor de la Biblia reside en sí mismo por lo que representa y lo que ha representado para la humanidad. Cuando uno se debe alejar de todo y de todos no debe olvidar que es humano, y unas palabras sobre humanidad creo, son una herramienta para la soledad. Un libro que ha trascendido de esta manera (en realidad, un conjunto de libros), por no decir que es un best-seller, es sin duda la opción que me parece más adecuada.
Ahora bien, el juego cambia y ya no vas solo a la isla. ¿Qué pasaría si la situación fuera escoger un libro entre seis personas que acabas de conocer y con los que, en principio, no tienes nada en común?
Doy por hecho que entendéis que yo formaba parte de ese hipotético grupo, pero tranquilos, que no me marcho a ninguna isla desierta ni solo ni en grupo.
Bien, cada uno de los seis integrantes de la premeditada expedición tenía que proponer un libro que de forma directa o indirecta contribuyera a aumentar la probabilidad de supervivencia del grupo. Ahora la situación cambia, desde luego: hay un bien común buscado y uno ya no va a estar solo en la isla, sino con otras cinco personas a las que podemos llamar… patatas, o mejor, ineptos. En una primera instancia se me ocurrió alguna guía escrita por El Último Superviviente o algo “for dummies”, pero la supervivencia del alma me pareció más importante, así que regresé a mi candidatura anterior: la Biblia.
Presenté la moción tal y como lo he hecho antes ante vosotros, con un razonamiento, creo, más que respetable en el que la parte más irrelevante es si pertenece o no a la religión católica y judía (al menos por lo que respecta al Antiguo Testamento).
Ahora, para que os riáis y/o lloréis, dotaremos a esta entrada y por ende, a este blog, de un toque cómico bastante inusitado. Conseguiré esto simplemente mencionando los otros cinco títulos presentados a candidatura:
- Saga Crepúsculo.
- Saga Crepúsculo.
- Pilares de la Tierra.
- Saga Crepúsculo.
- El Código da Vinci.
Reíd, por favor. Sé que lo estás deseando. Y ahora… ¿qué? ¿Sabéis ya por qué he venido aquí a contaros este cuento? Claro que sí, sois más listos que mis cinco compañeros de expedición.
Bueno, os podéis imaginar el resultado, pero la primera reacción de todos cuando dije ‘la Biblia’ fue un: ‘Uf, ese sí que no, osea’. Seguido de un: ‘Del resto, el que sea’.
Olía a miedo.
Intenté hacerles ver mi punto de vista, hablar sobre la literatura y el simbolismo de una obra como la Biblia y de que el rechazo que manifiestan sobre el mismo está basado solo en el ámbito religioso. Pero, cuando empleas ese argumento y por toda contestación la lacrimógena del grupo (la que sería la primera en morir, vaya) suelta que solo hizo la Primera Comunión por los regalos y que la religión no le importaba, seguido claro está de una semiovación y asentimiento general me di cuenta de que no estaban captando mi idea, y es que con razón nadie intenta investigar sobre el garrulismo, es algo similar a tener cromosomas de menos o de más.
Apestaba a miedo.
Si apostáis a que me rendí estáis equivocados. Les sonreí, a todos, y di mi voto a la Saga Crepúsculo (versión tapas duras, por si tengo que resarcirme con la cabeza de alguno en la isla). Los otros cinco votos fueron a parar también a la Saga Crepúsculo: era maravilloso, la Democracia funcionaba y todos estábamos contentos, pero ellos tenían miedo.
Miedo de conocerse, de ver lo que tienen de humanos, de entender qué prueba significa estar solo con ellos mismos, de necesitar un fantoche que brille y al que llaman vampiro para tener algo en qué pensar. En estos tiempos todo parece superficial, pero ya no me atrevo a afirmar hasta qué punto lo es por miedo a no equivocarme.
Cuando las quejas sobre una isla desierta radican en un “porque tía, no hay duchas ni se puede hacer shopping”, me dan ganas de ir a megafonía para decir:
- Señor mono, acuda a cocotero número dos, que hay que barrer la dignidad por uno mismo que se la ha caído a la señora de los brazos.
Y más allá de no querer conocerse, está el no querer escuchar. No soy maestro de nada, pero al menos sé quién soy.
Me lo voy a pasar pipa leyendo Crepúsculo por el resto de mi vida si acabo en una isla desierta.
3 de abril de 2012
Sueños de primavera
Porque cuando las veo, sé que soy lo que soy porque quiero. Y sonrío, y me quiebro, y recuerdo el por qué de las cosas.
20 de marzo de 2012
Inciso

Nos paramos, a veces sin saberlo, en el momento más inoportuno. Y en esa quietud callamos, silenciando la melodía en el cuerpo principal de una obra; un inciso que irremediablemente quiebra la atención del público…
Pero no paramos impremeditadamente.
Paramos porque no sabemos seguir, y cuando todo gira demasiado deprisa solo queremos bajarnos de la atracción para dejar los pies quietos. Descalzos. Entre arena mojada. Para tener consciencia de que hay un suelo debajo, y que por mucho que la corriente nos arrastre, la caída tendrá freno a pocos metros bajo nosotros.
Esto es un vendaval. Pero debemos permitirnos incisos, para recordarnos que el buen tiempo llega.
Llega.
5 de marzo de 2012
Garabatos

Si una idea incierta y caótica te ronda: témela. Pero si es la única que tienes, témela más aún.
Cuando con esa idea, llevas la mano al papel y solo surgen los garabatos no es que no tengas inspiración, y no puedas contar nada; son tantas las cosas que se agolpan en la pequeña ventana de la comunicación que ni los dedos más ágiles son capaces de decidirse por qué trazos mostrar preferencia.
Por qué, entre todas esas cosas, poder contar sin confundir.
Porque en los garabatos, reside la realidad más completa que podamos encontrar: la realidad difusa y confusa, que nos sumerge en nuestro mundo de imperfecciones sin pulir.
Y al final, lo más sensato es olvidar la noción del movimiento, y dejar a la mano hacer lo que haría el alma: garabato sobre garabato. Porque a veces la claridad engaña y es la oscuridad la que arroja certeza.
4 de marzo de 2012
La caja de música

Soy un cobarde.
Porque temo. Porque huyo. Porque niego y me niego. Porque me hundo en mi castillo del subterfugio…
No hablo porque no quiera. Sino que no hablo porque no puedo. Porque para mí, hablar significa aceptar; y aceptar, recordar el por qué del dolor. ¿Y qué del día en que juré no sufrir? Y olvidar el por qué de las cosas que me llevaron a este lugar, a este pasillo de barco hundido.
No, no me gustan los juegos, y así como no me gustan los juegos también me he cansado de jugar. Cada día los odio más. Porque en un juego siempre uno gana, y otro pierde. Y se juega para ganar; y aunque a efectos prácticos existe el término empate, yo prefiero decir que perdieron los dos. Pero cuando se lleva las de perder, soy un cobarde al confiarme a la razón.
Cobarde, por huir por montes sin senda donde la maleza tiene espinas de ponzoña. Por huir de ciudades sin señalizar, donde el Norte y el Sur están invertidos. Cobarde, por recorrer caminos perdidos que me llevan a la perdición.
Cobarde por abandonar la música, la música que me hacía recordar una triste felicidad.
Sí. Accioné una caja de música, tiempo atrás. La accioné, no por error, sino porque me fue regalada. Y porque echaba de menos la música. De esas con una pequeña bailarina de ballet encima que grácilmente, y en vueltas inciertas, se desliza sobre su pequeña plataforma de cristal imantado.
Las notas, cimbreadas, contextualizaban el baile alocadamente. Era maravilloso. Y era la excusa, la excusa buscada y anhelada de los dos. Pero la cuerda se ha acabado, y en las últimas notas del baile, la bailarina perdió su gracia y su talante.
Pero fui un cobarde, por no dar más cuerda cuando la melodía comenzó a flaquear. Fui un cobarde, por mirar con pena a la bailarina inerte y simplemente, volver a cerrar la caja, para abandonarla en el lugar donde descansan las cosas que viven para no existir, que viven para ser olvidadas como tantas y tantas de mis palabras…
Ya no sonarán más notas, de una caja de música rota.


