Se estremecía de pies de a cabeza. Sus manos le relataban cosas que de otra forma, jamás habría podido comprender.
La piel dura, áspera, soportaba una y otra vez, diariamente, el paso de la cuchilla. Y no se quebraba, sino que encallecía y daba cada vez una sombra más pronunciada. Más oscura.
Porque al final la vida era como afeitarse. Y las cuchillas... mejor no pensar en qué eran las cuchillas de la vida. Pero se estaba convirtiendo en cuero.