Con la mirada perdida, su mano fue inconscientemente hacia esa hormiga que paseaba sobre la mesa.
Extendiendo un dedo presionó sobre ella, espachurrándola y sintiendo como quebraba su exoesqueleto quitinoso, desparramando la linfa de su sistema circulatorio y clavándose insensiblemente las quetas del azaroso animal en una superficial epidermis.
Resultó tan sencillo… Volvió a pasar el dedo y la mesa de nuevo estuvo blanca, impoluta. Aún con la mirada perdida, decidió limpiarse el dedo en su pantalón para seguir mirando al vacío.
¿De qué le ha servido la evolución a la hormiga? La endureció, le dio una coraza y una capacidad de fuerza de levantar varias veces su propio peso. Y bastó un dedo para hacerla trizas.
Que aúlle el viento y que el agua inunde valles en tierras lejanas.
Regnabo, Regno, Regnavi, Sum sine regno.





