30 de julio de 2013

II. De cómo Tadeo contribuyó a los cuentos populares europeos


Tadeo era un hombre sencillo. O todo lo sencillo que se puede pretender. Cuando no estaba en Kiev disfrutaba de su tierra natal de bosques y montañas, donde había cambiado el lujo por una agradable casita hecha de caramelo que había obligado a una trémere mala a construir con su traumaturgia (porque crea traumas).
 
Pero como esto es un cuento… lo empezaremos como tal.
 
Había una vez, en lo más profundo de un bosque de los Cárpatos, una adorable casita hecha de las más dulces exquisiteces. Las puertas eran de una madera caramelizada y las cortinas, de algodón de azúcar. Las ventanas, de cristal de caramelo, reflejaban un interior de chocolate y vainilla, y el ambiente siempre olía a galletas recién horneadas.
 
Un día, Tadeo estaba por el bosque vagando cerca de su cueva cuando le llegó ese olor tan repugnante. Decidió indagar de dónde procedía y presto, cogió su capa roja con capucha e inició su excursión.
 
Aquel bosque parecía un laberinto, pero consiguió hacer amiguitos que le guiaran.
 
- Tú, ardillita –susurró en tono jovial-, ¿me dirías por donde alcanzar el origen de este dulce olor?
 
- Yo no sé, dijo la ardillita, pues solo una ardillita soy. Pero le podemos preguntar al señor castor.
 
Tadeo, con la ardillita al hombro, se acercó a un castor feliz que trabajaba en su nueva morada, y dándole un golpecito en el lomo le llamó la atención.
 
- Señor castor, ¿me diría de donde viene este olor?
 
- Tampoco lo sé, dijo, pero sé que el ratón de campo acostumbra a ir allí.
 
Tadeo, con un ligero tic nervioso en la frente bajo su capuchita roja, fue a buscar al ratoncito de campo con el señor castor y la señora ardillita. Cuando lo encontró, este dormía con la tripa llena.
 
- Tú, ratón de campo, dime de una maldita vez de dónde viene este olor.
 
La ardillita y el señor castor miraron con reprobación a Tadeo. Aquel lenguaje no era propio de un cuento para niños, así que el caperucito replanto la pregunta, sonriendo con su estilizado bigote.
 
- Dime, ratoncito, ¿de dónde viene este olor?
 
- Pues no lo sé…
 
Y sin dejarle terminar, Tadeo se transformó en zulo y destrozó al castor, la ardillita y al razón, arrancando con varias de sus múltiples bocas dentadas sus cabecitas y superando tiradas de dificultad. Después, desnudo, volvió a por su capa de repuesto a la cueva e inició de nuevo la excursión.
 
Esta vez pareció que el destino le ponía las cosas más fáciles, y pronto divisó humo sobre los árboles.
 
- Infernalistas, musitó.
 
Raudo, se dirigió al lugar y descubrió que había rastros de miguitas de pan por el camino. Aquello olía raro… pero finalmente avistó la casa de caramelo y el olor tuvo explicación.
 
Como siempre, mantuvo una actitud discreta y tocó la puerta de la casa con los nudillos. Sin esperar respuesta, accionó el pomo y entró. Había tres individuos en la sala: una anciana de facciones afables y dos niños. La niñita tenía una escoba y barría una esquina mientras el niño, cebón, se acercaba a un horno encendido bajo la atenta mirada de la bruja.
 
- ¿Es que nadie va a ofrecerme una taza de té? –dijo, ofendido.
 
La trémere mala miró a Tadeo con desidia y después de ver su adorable vestimenta no tuvo más remedio que aceptar. Eran normas de hospitalidad trémere, así que le sirvió té en una cráneo y le preguntó su clan. Cuando lo supo, entró en cólera y subió la temperatura del horno lanzando fuego con las manos.
 
Fue entonces cuando Tadeo lo tuvo claro, y al grito de infernalista, se encaramó sobre ella y con una pata de caramelo de una silla la estacó. Una vez estuvo estacada, le preguntó a los niños cómo se llamaban.
 
- Soy Gretel, y mi hermanito se llama Hänsel. Esta bruja nos tenía aquí. A mí me había esclavizado para barrer y a mi hermanito se lo quería comer.
 
Tadeo se compadeció, y ya que estaba el horno encendido, cocinó a la trémere al punto carbonizado. Luego liberó a los niños y juntos, enviaron una revisión a imprenta de su aventura, que años después todos los infantes del mundo conocerían.
 
Los llevó a su cueva, y allí los drogó para poder jugar con ellos a sus… juegos. Así, los creó a su imagen y semejanza si Tadeo hubiera sido un troll de las cavernas deforme y enorme, con voz gutural y grandes brazotes musculosos.
 
- Tú serás Guri –dijo al bicho de la cama de la derecha- y tú, Gura. Podéis llamarme Papi.
 
Y así es como esta historia también es conocida como Los orígenes de los adorables y repipis ghouls del señor Drahomanov. Y como toda historia en la que muere un trémere, esta historia acabó bien.

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