30 de noviembre de 2011

Castigo



Aunque breve, no en ello hay menos verdad. No hay buena obra que no tenga su castigo.


22 de noviembre de 2011

Quebradizo





Frágil, tan frágil como una flor que ha sido introducida en nitrógeno líquido y que se derrumbará ante el primer soplido. Y aunque hablan de castillos de naipes, soy más resistente que eso. Mucho más.


Pero las grietas se abren, y lo que se esconde detrás sólo refleja una realidad oculta, el motivo de por qué se inventaron las máscaras. Unas máscaras de cera que se derriten cuando hace calor, y se quiebran cuando bajan las temperaturas.


Este frío, este infierno frío, ha sido capaz de convertir en añicos una máscara que la masilla no ha podido reparar tras tanto tiempo, y los ojos que escondían las delgadas ranuras han dado el espectáculo que nadie esperaba. El que escrutaba podía sentir curiosidad, una lasciva curiosidad ufana por saber lo que no le importa, y eso le ha acarreado sus consecuencias. No se ha encontrado un rostro deformado, o una cicatriz de mal aspecto cruzando de parte a parte la frente. No. Simplemente han encontrado algo que no querían –o al menos, esperaban- encontrar.


Yo lo llamo resentimiento. Y es que como su propio nombre indica, se trata de un sentimiento que lo es como tal por propia definición.


Sí, sentimientos. ¿Tan desalmado me creíais?


La nueva máscara, esa que me pondré mañana después de lavarme una cara que sólo entiende de un enfrentamiento con la almohada, ya está enfriándose encima de la encimera: moldeada con una expresión agradable, con una sonrisa y las cejas altas.


Pero no os engañéis, en esa maceración sigue estando mi ingrediente secreto. Ese ingrediente que hace mía la máscara, ese ingrediente que me hace malvivir.


Pero al menos, es una forma de vida. ¿Y quién es la evolución para recriminarme nada?



13 de noviembre de 2011

Monstruos




¿Quién dijo que los monstruos no existen? Si miramos a izquierda y derecha entre una multitud probablemente nos topemos con muchos monstruos de identidad confusa, porque no es necesario ser de otra raza para ser un monstruo.


Los monstruos siempre nos han dado miedo, y aunque en parte pueda sonar inexplicable, esta base goza de argumentos más que sólidos. Todos nos hemos mirado alguna vez al espejo, y aquello que parecía un destello en la mirada, una arruga en el pómulo o un leve palpitar en la frente nos ha asustado. Y somos sensatos al tenerle miedo, al tenernos miedo, porque solo nosotros mismos somos conscientes de nuestras capacidades cuando afloran los síntomas.


No me toméis por loco, ni pretendáis ignorar a esa sensación que os ha recorrido la columna vertebral llamándoos a la alerta. Si no queréis aceptarlo es que no os aceptáis a vosotros mismos, porque en todos nosotros hay algo de monstruos.


Es por eso que me atrevería a decir que los monstruos, en sí mismos, no existen. Son parte de esa sintomatología inherente en la razón que nos hace cometer acciones que van en contra de lo no-monstruoso, así de simple.


Sí, podéis reír ahora, pero si no me habéis entendido es porque aún no habéis decidido entender que la negación de la existencia de los monstruos viene dada a que nos hemos acostumbrado a vivir con ellos en demasía.


No pondré a todos los monstruos al mismo nivel, claro está. Están los monstruos y los monstruos. Y sólo estos últimos gozan realmente del título de monstruos. Son aquellos que no sienten nada, ni para bien, ni para mal. Aquellos que cuando tienen un pedazo de carne entre sus manos lo estrujan hasta que los fluidos se escurren entre los dedos hasta formar un charco en el suelo, y son conscientes que no saben por qué lo han hecho ya que simplemente se han limitado a seguir sus instintos.


Instintos, sí… Ahí reside el auténtico peligro. Los instintos no se pueden frenar: son irracionales. No todos los tienen, pero se pueden adquirir aunque no haya mercados ni tutoriales para ello.


¿Entendéis ahora ese miedo?


La respuesta es sencilla: los monstruos, los auténticos monstruos, son creados por otros monstruos, y en nosotros reside el miedo de encontrarnos con un maestro más pronto o más tarde…


Cuidaos de los monstruos, cuidaos de vosotros mismos. Os sorprendería cuánto miedo os podéis causar con una mirada lanzada desde vuestra propia pupila.



9 de noviembre de 2011

Te esquivo



Te esquivo, por decirlo de algún modo. Y aunque he llamado así a esta entrada, aún no las tengo todas conmigo.


Hace tiempo que no escribo aquí, pero en mi mente ese incesante desfile nunca ha acabado. Tan solo que las carrozas de esta vez tenían mensajes íntimos, irrelevantes o sencillamente inexplicables.


Pasando atrás algunas páginas me di cuenta de que al final de mi día había dolor, retraimiento, frustración y en muchas ocasiones arrepentimiento. También rencor, ira y una irrefrenable sed de venganza. Pero ahora algo se ha quebrado en mí, volviendo a este lugar. No digo que haya cambiado, en mí cambiar es algo más difícil que eso. Probablemente seguiré odiando y ahogándome en la inmensidad de lo salvaje del alma, pero quería dejar algo claro, y es que no me he ido.


Definitivamente no.


Os confiaré un secreto, y es que renuncié al control. No os riáis de mí, porque fue duro, eso de renunciar al control sobre todo. Al control de la situación, del momento, de las cosas, y no os voy a mentir, también al control de las personas. No es que fuera manipulador, pero existen momentos en los que esa necesidad se apodera de ti irrefrenablemente, y el control, como necesidad superior, es la única vía de asegurar un destino, un propósito. Quizás fuera superior a mí y no estuviera hecho para ello, pero me he dado cuenta de que si no he escrito aquí prácticamente en tres meses, ha sido por este improvisado entrenamiento.


En una tormenta, todas las hojas no permanecen en el árbol. Y cuando esta acaba, es complicado recogerlas todas, porque después de los estragos, seguirán poblando tu patio, cayendo poco a poco… Sí, puede ser algo obvio, pero no lo era tanto para mí: no se puede controlar todo. Pero gracias a Dios, me he dado cuenta a tiempo.


Te esquivo, control, te esquivo… Quién me ha visto y quién me ve, pero evitarte me ha ayudado, me ayudado a comprender que ni siquiera tú eres mi vicio.






Al único control que no renunciaré, es al de mi mismo.