30 de noviembre de 2010

Conmover


Vibraciones tildadas de especiales recorren la columna vertebral desembocando en un leve temblor que acaricia cada extremo de cada pelo que compone el vello de la nuca, erizándolos como si hubieras introducido los dedos en una toma de corriente eléctrica.


No es real en sí mismo, pero el relativismo lo hace real para ti. Su inexistencia cobra sentido en una simbología intrínseca y retorcida, donde las claves son suspiros y tequieros rotos. Porque hay palabras que son lágrimas, y las lágrimas no entienden de tinta legible…


La pena se vanagloria de su triunfo, inequívoco, sobre una autoridad otrora superior. El compungimiento sólo es una pieza de esa ternura que despierta amapolas en invierno solamente para que un segundo antes de marchitarse puedan ver la nieve y sonreír.


Sabes que la felicidad sempiterna es un mito, un mito que se seca entre hojas de laurel en un cofre prohibido. El to be para la felicidad sólo significa estar.


Es por eso que conmoverse no es algo malo, conmoverse es un punto de inflexión en el camino hacia la felicidad, porque una triste alegría te invade y te hace ser recalcitrante en algo: no harás que sea ni más rápido ni más lento, sólo a su justo tiempo. Ser un poco más persona que el ser humano.


Porque definitivamente con ella soy alguien diferente. A sus ojos, no soy para nada un monstruo.


25 de noviembre de 2010

Sobre Casualidad y Coincidencias


Señoras Casualidad y Coincidencia, lo siento pero han sido demasiadas en demasiado poco tiempo. Quizás debería catalogarlo de curioso, pero esa no es manera de proceder.


Puede ser inquietante que una serie de fenómenos de tal naturaleza se den de por sí, pero cuando el evento se convierte en sucesión repetitiva es algo así como un cable de alta intensidad chispeando desde su poste.


Aún estoy buscando unos guantes de goma para sujetar bien fuerte ese cable y dominarlo antes de que me domine a mí, como sucedió en otro episodio (va por ti, Daniel).


Sé que son señales, y me dicen cosas, cosas que no he llegado a comprender aún pero que probablemente con el tiempo, llegue a comprender.



Lamento la falta de detalles, pero callado se comprende mejor al silencio.


PS: Las casualidades y las coincidencias también son los padres u.u



18 de noviembre de 2010

Cábalas


¿Quién no las tiene? Esos pensamientos fugaces en los que pones el final y el comienzo a una historia de la que sólo conoces un capítulos, preguntándote el y si y el ende luego. Es tan deliciosamente maravilloso. Podrías pasar la noche hilvanando escenas por las formas que aparecen en la estela gris del cigarro que se consume en tu mano.


En esas historias, las arañas saben besar y las mariposas decapitan humanos con una inmisericordia orgásmica.


Te relames porque para ti es como una película de cine mudo, desfilando cual pasarela ante tus ojos desenfocados en el punto existencial de la nada, con un decorado turbio y una alta dosis de divergencia entre lo que es y lo que parece. El hielo del vaso, solitario y en estado de fusión, baila por la superficie húmeda del cristal, tintineando. Solicita permiso para la próxima dosis.



Te ha quedado un regusto extraño, en tu boca y en tus entrañas, al imaginar el final de los finales, el final que has creado para ellos.


Las cábalas son algo privado por el contenido que poseen. Por favor, ni te atrevas a llamarlas mero chismorreo. Los chismorreos son cosa de marujas, y las cábalas no entienden de sus gritos de gallina clueca; se realizan en silencio y en situaciones extrañas, donde tu cara adopta esa expresión de plenitud indescriptible, pícara y sórdida; pero se trata de una cicatería bondadosa y despreocupada, como una jovencita ligera de cascos.


Otra copa, por favor. Con sonrisas, por supuesto, y un toque de picardía. Mereces divertirte un poco.


17 de noviembre de 2010

Capisci?


No preguntes, sabes que no te responderé.


Preguntas, preguntas, preguntas, ¿qué me vas a contar? De veras que te entiendo, y es por eso que veo necesario que esto sea así y no de otra manera.


Te he estado observando, y por tu cara creo que no te habías dado cuenta. Aunque bueno, de eso se trataba, pero he estado cerca de ti todo el tiempo, mucho más cerca de lo que imaginas.


Habías llegado a aburrirme, creía que te habías apagado del todo, que ya habías abandonado ese afán inquieto y locuaz, casi frenético tal vez, esa búsqueda sin cofre y sin tesoro, de mapas que no eran más que garabatos. Pero me equivocaba. Un carnívoro necesita comer carne, aunque le pongan todos los días un plato de hierba en la mesa.


Te he dicho que no preguntes. La respuesta ya la conoces, oírla en voz alta no va a hacerla ni más ni menos verdadera. Hay cosas que no entienden de términos, no intentes nominalizarlo todo.


Aham…


Pues claro que me río, se nota que no tienes ni idea, pero tranquilo, lo comprenderás… Ya lo creo, desde luego que lo comprenderás…



15 de noviembre de 2010

Caprichoso


Francamente, no sé si aplicar este término a mí mismo o a mi entorno, pero todo está tomando un cariz un tanto caprichoso. Y caprichoso, junto a inevitable, son los adjetivos que otorgo personalmente al destino.


El otro día, hablando con el Señor X sobre una decisión muy importante respecto a mi futuro profesional y al fin y al cabo vital, surgió el tema de la vocación fuera de la vocación, entendiendo la primera vocación como el campo en el cual uno podrá reembolsar su esfuerzo y tiempo por dinero (véase un trabajo), mientras que la segunda vocación, totalmente dispar, no requiere de nada más que voluntad y capricho.


Cuando comencé mi carrera de estudios, en el campo de las ciencias experimentales, creía tener algo muy claro, y es que las ciencias para mí sólo eran un proyecto dinámico en el cual podría desarrollarme laboralmente, manteniendo un concienzudo hobby sobre mi aspecto más humanista fuera del horario de oficinas. No obstante, cada vez me doy más cuenta que una parte está engullendo a la otra en términos de la idea original.


Con ello no quiero decir que haya dejado a un lado una parte de mí, no, es algo más trascendental que eso. Me refiero a que he encontrado mi vocación fuera de mi vocación, y resulta ser la misma.


Volviendo al tema de la conversación con el Señor X y rememorando un poco aquello que me dijo, fue algo así como: “Podrás dedicarte al laboratorio en el campo C, pero no podrás dejar de lado los campos Z y B” Poder, no podría. Y aunque no me haya dado cuenta, desde mucho antes de entrar de pleno en este mundo, no había podido dejarlo. Quizás no me había dado cuenta porque era algo que tenía tan arraigado a mí que había llegado a fundirse camaleónicamente, pasando inadvertido como una naturaleza primigenia en mi forma de ser, pero ahí estaba.


Plantándomelo fríamente, y desde un punto de vista empírico, he comenzado a echar cuentas en proporción al número de horas de ocio y la finalidad afín a esas horas gastadas, y en un porcentaje bastante elevado me he dado cuenta de que podría llamárseme adicto al trabajo.


Cuando usas más de veinte horas de la semana en estudiar fisiología del sistema nervioso, ¿quién en su sano juicio tendría como libro de cama artículos sobre el funcionamiento eléctrico del cerebro para comprender cómo usamos el pasado para proyectar nuestro futuro a nivel neuronal?


Vais a ser científicos, nos dijo un profesor, no podéis guiaros por creencias, sino por hechos. Y a los hechos me voy a ceñir: se sabe, con certeza, que el origen de la vida como tal reside en una diminuta molécula proteica que derivó evolutivamente en lo que hoy conocemos como ácido nucleico (DNA entre otros). Ese material genético reside en cada una de nuestras células, ese origen de la vida. Las células, mediante sencillas técnicas, pueden ser cultivadas como lechugas en el huerto y mantenerse indefinidamente en diferentes líneas siempre que se quiera asegurar esa descendencia (no entraré en detalles técnicos, así que si algún docto en el campo de los cultivos celulares quiere rebatir algo, le pediré que dé por obvia mucha de la información que omito aquí). Cuando morimos, ¿de verdad morimos? Aunque dejemos de existir como organismo, esas células, que contienen lo que nos da la vida, pueden seguir existiendo absteniéndose del recipiente original. Entonces me pregunto…


¿Qué se muere cuando uno se muere?



Cuando me decían que era un estúpido por querer ser científico por eso de tener un carácter tan emocional, y estuve a punto de creerles y abandonar. Pero gracias a mis emociones y seguir el camino que me marcaban, sé que seré un buen científico. En mis dos vocaciones.


10 de noviembre de 2010

Cul-de-sac


Esa puerta no se abre sola, es necesario que actives el mecanismo del pomo para entrar en la habitación… donde una atmósfera, suspendida sobre tu cabeza, donde el aire no llega a tu boca y te hace boquear como un pez fuera del agua durante demasiado tiempo.


Debes resistir, lo suficiente para que tu determinación inicial no flaquee, para que te deshagas de lo que has venido a tirar.


Es desesperación. Es ese pálpito doloroso en la sien, inexplicable y aterrador, como el interruptor que da pie a esa locura agónica; a esa ristra de recuerdos traducidos a imágenes insonoras, momentos que creías indescriptibles reducidos a eso: algo tangible y perecedero.


Cuando te liberas de esos recuerdos, estos caen hacia la gravedad infinita del olvido, donde nadie los acoge ni nadie se molesta en recordarlos.


Este es el único sitio donde uno puede quebrar promesas, donde uno hunde barcos de tripulación demasiado debilitada como para afrontar otra guerra, es donde uno olvida.


Es algo que no lleva a nada, algo que en cualquier otra condición sería inútil, pero en esta habitación, la finalidad viene a ser algo más práctica, pues precisamente algo que no lleva a nada, termina.


El es el final de un camino sin salida, en el fondo de un saco que no ha visto la luz.



8 de noviembre de 2010

Cómplices



Eh, tú, el que mira por la ventanilla. Sí tú, el del asiento de atrás. ¿Has decidido dónde vamos?


Llámame recalcitrante, pero digas lo que digas hoy mando yo.


Entonces creo que es el momento de dar el volantazo.


Una sonrisa se dibujó en la oscuridad de la parte trasera del vehículo. No estaban al mismo nivel, desde luego, pero cada uno sabía asumir su rol sumisamente; el primero sumiso al segundo, claro.


Hacía tiempo que no veníamos por aquí –comentó con un mohín de desgana en la cara que pasó inadvertido.


Hacía tiempo que no necesitábamos venir por aquí.


Necesitábamos, cierto. Quizás fuera demasiado grosero hablar de sumisión… Era más bien, una relación de complicidad, con necesidades diferentes pero con una meta conjunta.


Me he cansado, ¿lo sabes no?


Obvio –respondió el conductor.


Habían cambiado de coche y la tapicería era nueva, aún rezumaba ese aroma a cuero sintético y ambientador barato. Con la mano derecha enguantada, deslizó sus dedos por la parte del asiento trasero que quedaba vacía y luego se miró los dedos, como si esperara encontrar polvo. Los frotó entre sí y dijo:


No sé si te lo he dicho, pero me encanta esta tapicería.


Ya lo creo, tú mismo la elegiste.


Creo que no me apetece ensuciarla… con entretenimientos vulgares.


Una risa apagada sonó desde delante. Tras unos minutos de silencio un dedo fugitivo se dirigió hasta la radio híbrida con disquetera. Un purista, sigue escuchando casetes. Sintonizó aleatoriamente una frecuencia y sonó una canción que debería ser conocida en esos días que corrían. No era de su gusto, pero tampoco era molesto navegar en un contexto social dinámico cuando sobre aquellas cuatro ruedas todo era estable desde hacía tanto tiempo.


7 de noviembre de 2010

Carisma



Dicen que estar solo te hace pensar más de la cuenta, reflexionar retorciendo el cable hasta que los estribos amenazan con soltarse de forma violenta e imparable. Eso dicen.


Tengo el privilegio de vivir relativamente cerca de lugares recónditos y solitarios más allá de las cuatro paredes que acostumbran a servir de vivienda. Si bien suelo ir a esos lugares, he descubierto que lo recóndito rebasa más en el cuándo que en el dónde, aunque cada día que pasa comienzo a sentir más y más frío mi banco de piedra.


Realmente hoy no tenía intención de escribir –no al menos algo que compartir-, pero he visto algo que me ha fascinado, aunque puedo atribuir esa fascinación a mil hipótesis alternativas.


El río hoy estaba tranquilo. Ya era hora de que las libélulas, zumbantes y gráciles como una obra de arte volante, dejaran de sobrevolar una superficie cada vez más fría. Sin embrago hoy es tiempo de que las hojas lluevan y naveguen hasta naufragar en un lugar incierto donde el romanticismo se confunde con los finales cruentos.


Como un tapiz de oro fundido, fruto de la dehiscencia del otoño incipiente, masas informes de hojas se desplazan por su particular Venecia. No obstante, prefiero ver un poco más allá…


Ha habido un momento de brisa, de brisa intensa y helada, de esa que da escalofríos. Como si hubiera sido conjurada, una bandada amarilla ha descendido en frenético movimiento, retorciéndose en complicados bailes aéreos. Una a una han ido chocando contra la masa acuosa de forma que las ondas concéntricas que producían se entremezclaban con confusión.


Tras esto, calma. Como si todo se detuviera unos segundos, las hojas del río se reagrupaban en plataforma flotante y asimétrica. Y entonces, una hoja solitaria se ha visto con la necesidad de arrojarse, viento o no de por medio, hacia su destino. Su paso ha sido lento, sus piruetas, acompasadas, han llevado un ritmo delicado y sutil, como si se hiciera de rogar en aquella caída inevitable y perezosa.


Infinitamente tranquila.


El agua no la iba a acoger. Cuando yo esperaba unos nuevos círculos concéntricos, ha ido a parar sobre un grupo de compañeras. Ha sido… gracioso, como si se jactaran de mí.


Sé que esa hoja tendrá el mismo destino que las demás, y que quizás sea irrelevante escribir o pensar sobre ese pedazo de fibra muerta, pero qué diablos, tiene estilo.


2 de noviembre de 2010

Congratulations


Este premio se lo merecen muchos, pero ante la incapacidad de decisión, te lo entrego a ti, querido guisante.



Para que digan que este blog no da premios bonitos.


1 de noviembre de 2010

Sobre la [C]ostumbre


Y sobre lo explícito, porque esta vez hablaré directamente sobre mí, ya que supuestamente me doy aires de superioridad y miro por encima del hombro al mundo que me rodea (inner: vulgares). ¿Eso es tener ego, no?


Pero os diré… soy algo mejor que eso.



A pesar de que tengo un componente emocional importante, con la inestabilidad que ello supone, también tengo una vocación científica innegable.


¿A dónde voy a parar? Bien, soy alguien dado a la observación (y a la disección), pero no esa que se hace sentado desde un parque dando de comer a las palomas. Me gusta ir con prismáticos y libreta, y mis objetivos sois vosotros, algo más salvajes que esas colombiformes.


Primero, plantearé una hipótesis, la cual no compartiré en esta ocasión. Y ahora, el experimento para corroborar dicha hipótesis: ya vendrán las estadísticas después.


Elegir el método es importante; cada pestañeo, como si contara los escleritos de un cerambícido, será tomado en cuenta. Cada palabra que vuestro intelecto os permita articular, y claro está, cada acción en la que directa o indirectamente esté implicado yo de forma parcial o bien total.


Vosotros no sois mi problema, más bien yo soy vuestro problema, y por el bien del mundo quiero contribuir a solucionarlo. Aunque no os lo merezcáis.


Ya que no sé qué hago mal, quizás recabando información sobre los gilipollas afectados pueda llegar a una conclusión más acertada que la que ya tengo actualmente, la cual es que NO TENÉIS NI PUTA IDEA ni de quién soy, ni de cómo soy.


Si bien me aferro a la ferviente idea de que no voy a darme a conocer tan fácilmente, tampoco os he puesto excesivas trabas hasta ahora. No nos queda otra que buscar otra solución a esa, y me temo que no será algo que os guste de llegar al caso de que os percatéis.


Por mi parte, intentaré dar clases de fingir y sonreír a mierdas con ojos y que hablan (¡milagro!).


Lo siento, soy un hombre de costumbres. Va con cariño.