Francamente, no sé si aplicar este término a mí mismo o a mi entorno, pero todo está tomando un cariz un tanto caprichoso. Y caprichoso, junto a inevitable, son los adjetivos que otorgo personalmente al destino.
El otro día, hablando con el Señor X sobre una decisión muy importante respecto a mi futuro profesional y al fin y al cabo vital, surgió el tema de la vocación fuera de la vocación, entendiendo la primera vocación como el campo en el cual uno podrá reembolsar su esfuerzo y tiempo por dinero (véase un trabajo), mientras que la segunda vocación, totalmente dispar, no requiere de nada más que voluntad y capricho.
Cuando comencé mi carrera de estudios, en el campo de las ciencias experimentales, creía tener algo muy claro, y es que las ciencias para mí sólo eran un proyecto dinámico en el cual podría desarrollarme laboralmente, manteniendo un concienzudo hobby sobre mi aspecto más humanista fuera del horario de oficinas. No obstante, cada vez me doy más cuenta que una parte está engullendo a la otra en términos de la idea original.
Con ello no quiero decir que haya dejado a un lado una parte de mí, no, es algo más trascendental que eso. Me refiero a que he encontrado mi vocación fuera de mi vocación, y resulta ser la misma.
Volviendo al tema de la conversación con el Señor X y rememorando un poco aquello que me dijo, fue algo así como: “Podrás dedicarte al laboratorio en el campo C, pero no podrás dejar de lado los campos Z y B” Poder, no podría. Y aunque no me haya dado cuenta, desde mucho antes de entrar de pleno en este mundo, no había podido dejarlo. Quizás no me había dado cuenta porque era algo que tenía tan arraigado a mí que había llegado a fundirse camaleónicamente, pasando inadvertido como una naturaleza primigenia en mi forma de ser, pero ahí estaba.
Plantándomelo fríamente, y desde un punto de vista empírico, he comenzado a echar cuentas en proporción al número de horas de ocio y la finalidad afín a esas horas gastadas, y en un porcentaje bastante elevado me he dado cuenta de que podría llamárseme adicto al trabajo.
Cuando usas más de veinte horas de la semana en estudiar fisiología del sistema nervioso, ¿quién en su sano juicio tendría como libro de cama artículos sobre el funcionamiento eléctrico del cerebro para comprender cómo usamos el pasado para proyectar nuestro futuro a nivel neuronal?
Vais a ser científicos, nos dijo un profesor, no podéis guiaros por creencias, sino por hechos. Y a los hechos me voy a ceñir: se sabe, con certeza, que el origen de la vida como tal reside en una diminuta molécula proteica que derivó evolutivamente en lo que hoy conocemos como ácido nucleico (DNA entre otros). Ese material genético reside en cada una de nuestras células, ese origen de la vida. Las células, mediante sencillas técnicas, pueden ser cultivadas como lechugas en el huerto y mantenerse indefinidamente en diferentes líneas siempre que se quiera asegurar esa descendencia (no entraré en detalles técnicos, así que si algún docto en el campo de los cultivos celulares quiere rebatir algo, le pediré que dé por obvia mucha de la información que omito aquí). Cuando morimos, ¿de verdad morimos? Aunque dejemos de existir como organismo, esas células, que contienen lo que nos da la vida, pueden seguir existiendo absteniéndose del recipiente original. Entonces me pregunto…
¿Qué se muere cuando uno se muere?

Cuando me decían que era un estúpido por querer ser científico por eso de tener un carácter tan emocional, y estuve a punto de creerles y abandonar. Pero gracias a mis emociones y seguir el camino que me marcaban, sé que seré un buen científico. En mis dos vocaciones.